viernes, 17 de julio de 2015

CAZA MATINAL EN SERENGUETI



No se puede decir que Tanzania sea un país pequeño. España, por ejemplo, tiene unos 500.000 km2 de extensión. Tanzania tiene unos 950.000, casi el doble. En habitantes, frente a los 46 millones de España tenemos a 42 millones de personas en Tanzania. Y antes del viaje ni siquiera lo sabía situar en el mapa, igual que la mayoría de los países africanos. Africa es el gran continente olvidado, del que sólo recibimos malas noticias y, quizás por eso, al que nunca dirigimos la mirada.

Tras unos días de visita en el Parque Nacional de Masai Mara, en Kenya, y una rápida visita al Lago Victoria, ya en suelo tanzano, hemos amanecido en un campamento en el centro de los 15.000 km2 del Parque Nacional de Serengueti. El sol aparece entre las seis y las seis y media. Estamos a principios de julio y nos encontramos a una altitud de unos 1300 metros por encima del nivel del mar. Nos dicen que estamos en invierno. Lo cierto es que ya desde buena mañana hay suficiente abrigo con una camiseta de manga corta.

Nos ponemos en marcha bien entrada la mañana, a las nueve y cuarto. Ayer tuvimos un día largo y agotador. El campamento está situado en un promontorio y descendemos a la inmensa sabana por una pista de suave pendiente. A nuestro alrededor, vemos horizonte por los cuatro puntos cardinales. Me da la extraña sensación que puedo apreciar la esfericidad de la Tierra. Acacias y animales salpican las grandes extensiones de hierba verde y amarilla.

Al cuarto de hora encontramos un todo terreno como el nuestro detenido en el camino. Es un seis plazas con el techo pop up que permite una visión de 360º y te protege del sol. Jackson, nuestro amable guía tanzano, pregunta en swahili al guía del otro coche si están observando algo. Este nos señala el lugar donde hay un guepardo agazapado entre unos arbustos. Un poco más allá, a unos veinte metros, en un claro de hierba baja, vemos una pareja de chacales comiendo. Justo en ese momento, aterriza un águila entre los dos con la intención de robarles su pitanza. La reacción es rápida: se apartan de un salto agarrando un pedazo de carne cada uno y se alejan del lugar.

Nos acercamos al guepardo. No se mueve. No situamos casi encima de él; lo vemos al lado de las ruedas del coche y sigue sin moverse aunque expresa un creciente nerviosismo porque estamos invadiendo su zona. Vemos por qué. Tiene a su presa muerta a su lado. Se trata de una gacela y no quiere que se la quite nadie.

Permanecemos durante un rato a su lado, sacando fotos y contemplando su hermosa estampa. El guepardo, empujado por el hambre o aceptando que no somos ningún peligro para él, empieza a comer desgarrando la suave piel de su víctima y atacando sus entrañas.

Unos metros más allá, dos gacelas contemplan la escena. Quizás sean los compañeros o familiares del animal cazado. Ni se acercan ni se van.

La vida en la sabana continúa.


Parque Nacional de Serengueti, 6 de julio de 2015

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