Ponemos el todoterreno en marcha y nos acercamos al lugar en el que han salido del camino. La zona del río hacia donde se dirigen ahora está ocupada por la familia de elefantes que hemos visto antes. Han seguido su cauce por la orilla disfrutando de sus hierbas y carrizos. Felices por la abundancia de jugosa comida aún no se han percatado del numeroso grupo de leones que se les están acercando.
Los leones avanzan decididos hacia el río. Desde nuestra posición con los prismáticos los vemos aparecer y desaparecer entre los arbustos.
El choque es repentino. Da la sensación de que los dos grupos se encuentran frente a frente por mutua sorpresa: la leona que conduce el grupo es descubierta por una de las elefantas que protege el grupo. Su reacción es instantánea: se da la vuelta y encara al grupo de leones, golpea con fuerza el suelo con su patas delanteras, levanta su trompa y agita sus orejas mientras barrita con potencia. La flanquean dos elefantas tan fuertes y enormes como ella, con la misma actitud. Los leones se estremecen y se baten en retirada, sin dudarlo ni un instante, al trote, intentando no perder su dignidad.
Nosotros hemos observado la escena desde el camino, un poco más adelante. Los leones van saliendo del prado y vuelven al camino, por nuestra izquierda, en dirección al cruce que hay a unos 100 metros. Parece que no abandonan su intención de llegar al río. El grupo de elefantes, ahora en estado de alerta, no abandona su posición defensiva hasta que no queda ninguno.
Se abre un nuevo escenario. Hemos seguido a los leones hasta que han alcanzado el cruce del río. Todo el grupo se ha ido reuniendo allí. Aparcamos el coche a una cierta distancia desde donde los vemos bebiendo. Nos sorprende ver que en la otra orilla se agrupa un montón de vehículos con turistas como nosotros contemplando la manada. Contamos veinticinco. Cuando nos acercamos un poco más descubrimos la razón de tanta expectación.
Los leones están medio fuera, medio dentro del río devorando una cebra. Desgarran con sus colmillos su carne y sus entrañas. En ausencia del macho, las leonas tienen preferencia y son las que se están llevando la mejor parte. Algún cachorro que intenta acercarse recibe sonoros bufidos de los adultos.
No hay cordialidad mientras se come. Vemos una leona de un siniestro color oscuro, casi negro, por la gran cantidad de barro que lleva impregnada en su piel, que se aparta del grupo hacia una loma cercana con una gacela sin piel en la boca.
Estamos un buen rato y ni nosotros ni ninguno de los veinticinco de la otra orilla cruza el río por el camino. Todos damos marcha atrás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario