sábado, 18 de julio de 2015

COTIDIANO Y EXTRAORDINARIO. Parte 1.

Hemos despachado nuestra lunch box en una area de picnic situada en un promontorio en el interior del Parque Nacional de Serengueti. Al tratarse de una posición elevada y despejada, otorga una cierta seguridad ante la posibilidad de ataques de depredadores. Son las dos de la tarde, el día es claro; sólo algunas nubes decoran el paisaje. Hace un calor seco pero no excesivo; no molesta. Rachas de fina brisa nos refrescan un poco mientras regresamos hacia el río por donde hemos pasado antes de la comida.

Los ríos del Parque sorprenden: en algunos lugares parecen riachuelos que se podrían cruzar a pie  (hecho nada aconsejable por lo que veremos luego y, por otra parte, totalmente prohibido por las normas del Parque) mientras que en otros, acumulan agua con suficiente profundidad como para albergar manadas de más de veinte hipopótamos. El camino que nos ha llevado hasta la zona de picnic lo cruzaba en un punto con una profundidad hasta el tobillo y una anchura de un par de metros. Es hacia donde nos dirigimos en este momento.

De vuelta a las cercanías del río encontramos una familia de elefantes que ya hemos visto por la mañana. Nos hemos fijado en ellos porque había muchos, unos veinte, con varias crías. Una de ellas, la más pequeña, juguetona y traviesa, iba molestando a grandes y pequeños con ganas de juerga. El grupo se había desplazado de la posición  que ocupaban por la mañana siguiendo el cauce del río en dirección al cruce con el camino. Disfrutaban de la hierba alta, fresca y verde de sus orillas.

Unos minutos más adelante vemos una pareja de leonas tumbada al borde del camino. Están a menos de 5 metros del coche y permanecen impávidas oteando el horizonte lejano sin dar muestra alguna de percatarse de nuestra cercana presencia. Aparentemente, nos ignoran. Podemos contemplarlas a nuestro antojo. Vemos que una de ellas lleva una cinta de cuero en el cuello. Jackson nos cuenta que ha sido marcada por los guardas del Parque para ubicarla y seguir sus movimientos. Le calcula unos doce años de edad. Nos dice que la media de vida de los leones es de veinticinco años. Abre bastante la boca para respirar y se le ve uno de los colmillos mellado y muy desgastado. La otra leona tiene un tamaño inferior; parece más agil y es más joven. Jackson le estima unos siete años de edad.

Las leonas están quietas pero no relajadas. No apartan la vista de algún punto más allá del río. Nos parece que vigilan unos prados lejanos donde pastan varias manadas de cebras y algunos ñus y gacelas. Forman parte del grupo de cola de la gran migración hacia el Norte, un fenómeno natural extraordinario que se sucede cada año en el que millones de animales, ñus, cebras, antílopes y gacelas, se desplazan desde los pastos secos del Sur hacia el Norte, a las tierras keniatas de Masai Mara, soslayando nuestros engorrosos trámites de frontera pero enfrentándose a los depredadores que les acosan en su camino y a los que les están aguardando en su paso por el río Mara. Ayer vimos los innumerables grupos de cabeza de la migración, unos treinta kilómetros después de la entrada del Parque, en la zona de Grumeti.  Jackson nos explica que los guías de esta gran expedición son las cebras. Ellas recuerdan las rutas y saben cuando es el momento de iniciar el recorrido. Nos cuenta que los ñús son la especie más numerosa y que se limitan a seguir a las cebras-guía. Éstas, no obstante, astutas y conocedoras de los peligros que les acechan, mandan a los ñus por delante para ir satisfaciendo las hambrientas ansias de los depredadores. Ellan pasarán cuando cocodrilos, hienas, leones y leopardos estén cansados y saciados.



No hay comentarios:

Publicar un comentario